Doce mujeres

Drazen / Getty

Recomendar un libro a un amigo es una manera de apropiárselo, de asumirlo como nuestro. Elogiándolo, nos identificamos con él y con su autor. Por eso el boca a boca es tan decisivo en la suerte de un libro: que el lector quiera comentarlo con sus amigos es la mejor garantía.

Niña, mujer, otras , de Bernardine Evaristo, provoca este impulso, o al menos me lo ha provocado mí. La autora y yo no tenemos nada en común, aparte de la edad, más de sesenta años. Nos separan la raza, el sexo –ella quizá diría el género–, el origen. Nuestras trayectorias vitales solo tienen un punto de convergencia, puramente circunstancial: Londres. Pero su novela me ha hecho sentir extrañamente cercano a las doce protagonistas, con quien todavía tengo menos puntos de contacto que con ella. Y, paradójicamente, ha sido esta falta de puntos de contacto lo que ha hecho que el libro me interesara tanto, porque me ha abierto la puerta a un mundo al que tengo muy poco acceso.

Hay que escuchar a las personas que han tenido menos oportunidades de hacerse oír

Decir que esta novela da voz a unas mujeres casi siempre silenciadas es quedarse muy corto: les da voz y una presencia real, vibrante, que nos obliga a tomar partido, a comprenderlas, a amarlas, a detestarlas, que no nos deja indiferentes. Nos obliga a escucharlas, a reconocerlas.

Con la excepción de una que es blanca, las doce protagonistas son mujeres de origen africano o caribeño que viven –o han vivido– en el Reino Unido, que quizás han nacido allí, o que llegaron con sus padres de niñas, pero que son británicas. Son mujeres que tienen que hacer frente a una telaraña de discriminaciones –sexual, racial, homófoba– y que aspiran a algo tan sencillo como el mismo respeto y la misma consideración que cualquier otra persona.

Sus historias se van enlazando de tal manera que cada una va abriendo campos de visión nuevos sobre las anteriores. Compartimos la angustia de una dramaturga lesbiana que estrena por primera vez en uno de los templos de la escena londinense, el National Theatre. Nos estremece el drama de una chica violada por un grupo de compañeros de colegio en una fiesta, a los trece años, que supera el trauma y se convierte en una profesional muy respetada de la City. Asistimos a la conversación entre una mujer que se siente hombre y una mujer que antes era hombre que se conocen después de un tanteo a través de un chat. Nos quedamos estupefactos ante la pulsión sexual que lleva a una mujer a acostarse con su yerno. Comprendemos las razones que empujan a una niña a romper las barbies que sus padres le regalan y, al cabo de los años, a pasar por el quirófano para desembarazarse de sus pechos.

Entre las doce protagonistas hay adolescentes, hay adultas y hay mujeres mayores, incluida una nonagenaria de rompe y rasga. Sus peripecias son trágicas, brutales, hilarantes, tiernas, angustiosas. Pero, sobre todo, son creíbles. Es una novela que supura verdad, una verdad literaria, obra del lenguaje: la manera de pensar y de expresarse de las doce protagonistas es genuina. Un estilo peculiarísimo, sin puntos y casi sin comas, con frases cortas que son como puñetazos, con una fluidez que deviene adictiva, convierte la novela en un page turner , una narración llena de gancho.

Durante las últimas semanas hemos asistido a un debate iniciado por un grupo de ciento cincuenta escritores, profesores y periodistas –encabezados entre otros por Thomas Chatterton Williams, J.K. Rowling y Noam Chomsky– que denunciaban desde las páginas del Harper Magazine (https://harpers.org/a-letter-on-justice-and-open-debate/) la llamada cultura de la cancelación, la censura y el ostracismo al que son condenados los que disienten de los nuevos dogmas de la corrección política, el linchamiento en las redes de que son objeto. El debate fue alimentado por una respuesta muy beligerante publicada en The Objective (https://theobjective.substack.com/p/a-more-specific-letter-on-justice).

Vale la pena leer ambos textos con calma. Las posiciones son muy distantes, pero hay un punto en el que todos los participantes en el debate están de acuerdo: hay que escuchar a las personas que hasta ahora han tenido menos oportunidades de hacerse oír, marginadas por razones de raza o de sexo. Como Bernardine Evaristo, por ejemplo. Como las protagonistas de su novela.

Este libro será leído por muchos miles de mujeres en todo el mundo. Pero puede ser más provechoso que lo leamos los hombres, y pienso sobre todo en los hombres blancos de mi generación, un colectivo que, en inglés, se suele designar con tres adjetivos que riman: male, pale and stale , hombres, blancos y madurillos. Además de pasar unas horas enganchados con la prosa de Bernardine Evaristo, podemos aprender muchas cosas sobre la sociedad cada vez más multicultural en que vivimos. Y, también, de paso, alguna sobre nosotros mismos.

Font: La Vanguardia 31/08/2020

Carles Casajuana

CARLES CASAJUANA

 

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